jueves, 6 de diciembre de 2007

Michel Houellebecq en Argentina: "No soy un cínico, soy un romántico"

No llegué a descargar las fotos que Patricio tomó con mi celular, tampoco tengo el audio, ni la desgrabación, aunque una buena parte pueden encontrarla acá. Pero no quería dejar de decir algunas cosas, compartir ciertas sensaciones antes de que se escapen para siempre.

Michel Houellebecq se presentó anoche en la Alianza Francesa y a pesar de que su personaje de provocador full time lo precede como las risas idiotas del auditorio, mostró que todavía puede aportar algunas notas lúcidas a la sinfonía de sordos que nos aturde por estos días.

En primer lugar, recuperó el valor de una mirada sociológica mucho mejor que varios representantes académicos. Habló de los intelectuales que lo atormentan, de esa corriente que a partir de la Revolución Francesa y hasta principios del siglo XIX se dedicó a pensar una sociedad nueva, una humanidad para armar. Iluministas, positivistas y funcionalistas, con sus sueños de progreso que se fundieron al calor Hiroshima todavía tienen algo para decir cuando Houellebecq los hace hablar.

Claro que su evocación estuvo teñida de cierta nostalgia imperialista francesa: Comte, Alexis de Tocqueville, Fourier, los arquitectos del nuevo mundo. Mención aparte para Marx, a quien le dedicó un par de balazos como "se cobró las apuestas hechas por otros" o "la reducción a lo económico no sirve en absoluto". No obstante, dos minutos después no dudó en afirmar que 40 años de historia se explicaban en dos páginas de economía. Contradicciones entre pensador y personaje.

En el final, logró esquivar las preguntas que apuntaban a sus rutinas como escritor, tan usuales en este tipo de presentaciones. Las pocas frases que dedicó al oficio fueron para cuestiones que parecía tener muy resueltas en algún lugar detrás de su angulosa nariz y que revoleó a desgano, mientras sus dedos de ardilla estrangulaban la banda elástica de una Moleskine. Van algunas:

"Los escritores beben por la misma razón que lo hacen los obreros: porque realizan un trabajo de fuerza".

"El arte funciona al revés de la democracia: si uno toma en cuenta la opinión de varias personas el resultado es mediocre".

"No soy un cínico, soy un romántico, pero hay que tener en cuenta lo oscuro".

martes, 20 de noviembre de 2007

La ruta del tentempié

Terry Gilliam, el genial director de películas como Brazil y Doce monos, se cargó al hombro la complicada misión de llevar al cine la novela de Hunter S. Thompson Miedo y asco en Las Vegas. Como en toda adaptación de un libro de culto, tenía poco por ganar, además de los millones que los fanáticos del gonzo dejarían en la taquilla. Sin embargo, la película conserva cierta dignidad y hasta tiene algunas escenas brillantes.

Jhonny Depp es Raoul Duke -alter ego de Thompson- y un sobreactuado Benicio del Toro, interpreta al Dr. Gonzo. Al igual que en el libro, los dos amigos llegan a Las Vegas en 1971 para cubrir una carrera de motos por encargo de la revista Sports Illustrated y una convención de la policía antinarcóticos para Rolling Stone. A modo de acreditación, llevan una valija repleta de todo tipo de drogas en el baúl del auto.

El resultado es un viaje lisérgico y bizarro al fin de una época. En plena guerra de Vietnam el sueño de la contracultura americana estalla en pedazos y dos freaks que nunca se lo creyeron del todo están ahí para atestiguar la caída. La película empieza así...



domingo, 11 de noviembre de 2007

Mescalito - Hunter Thompson

"Dios, las 6:45 y la mescalina ya se ha apoderado seriamente de mí. La carcaza metálica de la máquina de escribir ha virado de un verde opaco a una especie de azul fluorescente, las teclas centellean, rutilantes... Yo más o menos levito de la silla y quedo suspendido -no estoy sentado- frente a la máquina. Un brillo extraordinario lo recubre todo".

Los Ángeles, febrero de 1969. Una habitación de hotel, un avión a punto de partir, el fondo de una lata de cerveza y una cápsula de mescalina y anfetas. Thompson, como siempre, está solo y advierte: "Cualquier reacción será extrema". Después, está la crónica. Apenas un accidente, un resto carbonizado que permite deducir el estallido del volcán. El fuego pasó por allí y arrasó con todo.

Si queremos creer que Thompson es un periodista -el creador del gonzo que algunos descubrieron mal y tarde-, tenemos que empezar por aceptar que jamás vaya en busca de ninguna noticia. Él es la noticia. Siempre lleva una pistola bien cargada y un frasquito con pastas. Siempre está a punto de matar o morir. Ah, sí, entretanto escribe. Y al resto de los mortales nos queda su prosa, como la silueta de un cadáver delineada con tiza sobre el pavimento.

Mescalito es una joya. Tres relatos, poco más de 60 páginas en las que el autor de Miedo y asco en Las Vegas se despacha con un viaje alucinógeno, el suicidio de un poeta amigo y la apasionada relación amorosa de Raoul Duke -alter ego del propio Thompson- con su gato. La traducción es de Juan Forn, tan sutil e inmenso como siempre.

Nadie sabe cómo el tipo que ostentó durante más de treinta años el cargo de editor de Asuntos Nacionales de la revista Rolling Stone llegó a cumplir los 60 para volarse la cabeza una noche cualquiera de febrero del 2005 en su casa de Colorado.

En ese mismo distrito, 35 años antes, estuvo a punto de ganar las elecciones para intendente por el partido Freak Power. Durante la campaña había prometido despenalizar el consumo de drogas, convertir buena parte de la ciudad en parques públicos y prohibir los edificios altos porque no permitían apreciar el paisaje. El resto ya es leyenda.

Ficha
Mescalito
Hunter S. Thompson
Editorial Emecé
2007
Precio: $29

Para leer

sábado, 3 de noviembre de 2007

La música de las palabras

Antes de ser escritor, Paul Bowles fue un gran compositor. Tal vez por eso, su trabajo con las palabras siempre tuvo una impronta musical. Para él estaba muy claro que lo importante no era la anécdota que contaba, sino la capacidad de emocionar a partir de una acertada combinación de tonos.

En la película basada en El cielo protector que filmó Bernardo Bertolucci a principios de los '90, el director eligió cerrar el film con una imagen del propio Bowles leyendo uno de los párrafos más famosos del libro. Como en el último movimiento de una sinfonía, las palabras del protagonista Port Moresby llenan el aire con una melodía que volverá una y otra vez.

"La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena?. Quizá veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado".

En este fragmento del documental The complete outsider, Bowles explica algo de esa obsesión por las palabras.

"Lo que dice la novela no es importante para mí. El tema es cómo está dicho, cómo se unen las palabras, de qué manera se forma una buena oración. Después de todo, no hay nada en la escritura más que palabras. La creación de personajes amigables o fascinantes tramas, no creo que eso funcione. Funciona para el gran público, seguro. Pero no para mí. Yo soy sólo una persona más, pero soy el que escribió estos libros y para mí lo que importa es el lenguaje".



sábado, 27 de octubre de 2007

Días y Viajes - Paul Bowles

Me pregunto por qué me cuesta tanto escribir sobre ciertos autores como Bowles, Bolaño o Walsh. Me respondo lo esperable: me importan demasiado. Y es que para quienes no tenemos otra religión que la literatura, cualquier invocación resulta escasa a la hora de nombrar a ciertas divinidades. Sin embargo, sé que algo de ellos anidó en mí y allí vivirá por siempre, reseñas y falsificaciones al margen.

Un viejo libro de relatos de Paul Bowles me ayudó a cruzar el Atlántico para unir la Isla Tortuga de Salgari, con el Hafa Café marroquí, donde los fumadores de kif se juntaban a intercambiar historias del desierto, de cara al estrecho de Gibraltar. Ese viaje me enseñó a crecer sin miedo, me demostró que si lo deseaba de corazón, las aventuras no se terminarían con la colección Robin Hood.

Desde entonces, he buscado cada una de las páginas del nómade con esa pasión que sólo pueden entender los fetichistas del libro. Pregunté por él en cada feria, en cada librería, en todas las bibliotecas que visité. En los lugares más insólitos logré conseguir sus novelas, las narraciones de viajes, las memorias, las cartas. A lo largo de los '90 casi toda su obra estuvo más o menos accesible en Argentina, pero se perdió pronto y hoy sólo es posible dar con clásicos como El cielo protector o alguna antología de cuentos. Por eso cuando algunas semanas atrás encontré Días y Viajes en el Parque Rivadavia tuve que hacer un esfuerzo para que el vendedor no notara que estaba dispuesto a pagar lo que me pidiera por ese ejemplar ajado de menos de 200 páginas. Como para confirmar que el objeto mágico esperaba también por mí, el precio fue casi simbólico.

Después de tres años, tenía por fin algo nuevo de Bowles para leer, aunque debo confesar que no albergaba grandes esperanzas. El librito parecía uno de esos típicos compilados ideados por algún editor inescrupuloso capaz de publicar hasta una lista del supermercado con tal que lleve la firma de algún escritor de culto. La primera parte, Días, se vende desde la solapa como el "único diario existente de Paul Bowles, que relata su vida entre 1987 y 1989, centrado en Tánger". Ya en el prólogo, el viejo taimado destruye el mito y aclara que el diario fue un pedido de su agente y que él se limitó a hacer "lo que podía" por el proyecto, con el único objetivo de demostrar cómo las horas del día "pueden llenarse de trivialidades".


El resultado incluye retazos de la cotidianeidad de un Bowles que a los 78 años recibe la visita de todos los que están de ida por su vida y su obra. Así pasan por su casa de Tánger Bernardo Bertolucci -que prepara la película basada en El cielo...-, Patricia Highsmith, los Rolling Stones y hordas de periodistas de los principales medios de Europa que acuden en busca de unas palabras del gurú, con el oscuro deseo de que puedan ser las últimas.

La segunda mitad, Viajes, resulta mucho más potente. La prosa de Bowles aparece en su faceta más despojada y jugosa para dar cuenta de teritorios tan reales como inimaginables. París, Fez, Madera, Taprobane y, por supuesto, Marruecos, se desgranan en miles de cristales bajo los ojos de un viajero lisérgico que logra como nadie sintetizar el movimiento externo y el interno llevando al límite las posibilidades de la crónica. Es que Bowles no se apropia del género; lo agota, lo rompe en mil pedazos. Y nos hace desear que el viaje no termine nunca.

Ficha
Días y Viajes
Paul Bowles
Editorial Seix Barral
1993

Para leer

domingo, 14 de octubre de 2007

La biblioteca de Alejandría

El sábado a la mañana un asunto familiar me llevó junto con mi hermano de excursión hasta Ezeiza. Arrancamos temprano y volvimos después del mediodía, con la mirada fija en la vías de ese tren que unió nuestra infancia y hoy sigue atravesando escenarios imposibles.

El ramal Cañuelas del Roca todavía traquetea con los vagones originales de cuando se electrificó el servicio, allá por mediados de los '80. Los asientos naranja se hamacan al ritmo de una cumbia zumbona y los vendedores ambulantes pasan uno tras otro. Pilas, medias, golosinas y una novedad: CDs con compilados que no hace falta probar porque el tipo los lleva sonando a todo volumen en un equipo a pilas colgado del hombro.

Miro por la ventana, nos acercamos a Banfield. Los acordes del último hombre orquesta se alejan hacia el fondo del vagón y los reemplaza la voz de un nuevo vendedor que anuncia con ganas "Julio Verne, Cortázar, Borges". Mi hermano me mira. "Bucay, Coelho, libros de autoayuda, de medicina, de matemática, enciclopedias". Levanto la cabeza esperando encontrar un viejo vendedor de literatura de cordel. "Más de mil libros para leer en la PC", aclara entonces la voz y el brazo agita un CD por sobre las cabezas de los pasajeros. Cuando por fin se acerca, mi hermano ya tiene un billete de $5 en la mano. Pero el librero digital y ambulante sabe que su oficio no es como el del vendedor de medias. Por eso, antes de entregarnos la fuente de la sabiduría nos regala una explicación acerca de cómo la cultura está ahora "al alcance de la mano".

El CD, que incluye software pirata como corresponde, trae 2.500 ebooks de toda índole. Los nombres se mezclan en una ensalada imperdible regida apenas por el (des)orden alfabético: 16 libros de Ambrose Bierce conviven con las Crónicas de Narnia, América de Kaflka se cruza con toda la saga de Harry Potter, Vigilar y castigar aguarda tras los Nueve libros de la Historia de Heródoto.

Cuando bajé en Constitución me descubrí guardando el disco en la mochila y acariciando las tapas ajadas de los poemas de Paul Bowles que suelo llevar como talismán de viaje. Por los altoparlantes de la estación un grito de lata hablaba de un servicio interrumpido.

viernes, 5 de octubre de 2007

Placeres prohibidos

Unicef puso en marcha una campaña para promocionar la lectura entre los adolescentes. Más allá de la efectividad o no del recurso y de las sospechas que despierta el biblio-marketing en cualquiera de sus formatos, la idea es original. La agencia europea que diseñó los afiches eligió alejarse de las moralinas del tipo "dejá el paco, volvé con tu novia", tan habituales a la hora de evangelizar juventudes, y apostó por el deseo.


"Si leer estuviera prohibido, ¿estarías tentado de probar?", arriesga el eslogan. Mirá y tentate.



Vía: capitulodos

viernes, 28 de septiembre de 2007

El reencuentro de Viola y el barón

En su disco Ofrenda, editado en 2001, Pedro Guerra incluyó una canción inspirada en un fragmento de El barón rampante: el del regreso de Viola y su reencuentro con Cosimo, quien le jura que ha cumplido su promesa de no bajar nunca más al suelo. Ella lo desafía: "Haz vivido trepado a las ramas y los árboles, sólo por mí". Él acepta.

Alguna vez me gustó mucho la música de Pedro Guerra, alguna vez también comencé a alejarme. Y hoy me cuesta escucharlo. Me pasa con muchos músicos de mi adolescencia y también con algunos escritores -Benedetti, por ejemplo-. No sé si es aburrimiento o falta de espesor en las propias obras lo que hace que uno se canse. O tal vez la necesidad de ver otros mundos y mezclarse con otros discursos, menos declamativos, menos adjetivados, menos políticamente correctos.

A pesar de todo, aún hay algo del pibe que fui que vive en estas canciones. Temas simples, de los tiempos en que el amor era una sorpresa, el calor las vacaciones y la muerte un problema de otros. Hoy las cosas se han puesto un poco más complicadas.

lunes, 24 de septiembre de 2007

El barón rampante - Italo Calvino

Era la primavera de 1767 cuando Cosimo Piovasco de Rondó, hijo del Barón Arminio, quebró la ceremoniosa atmósfera del almuerzo familiar al negarse a comer un plato de caracoles. Acto seguido, se calzó su tricornio, salió al jardín y se trepó a un árbol. Tenía 12 años. Nunca más bajó.

Era el otoño de 1956 cuando una controfensiva lanzada por el Politburó soviético aplastó la revolución anti estalinista en Hungría que buscaba su propia vía democrática al socialismo. El nuevo gobierno masacró a miles de civiles y suprimió toda expresión política hasta mediados de los años '80. Ése fue el plato de caracoles que rechazó Italo Calvino. Acto seguido renunció al Partido Comunista italiano y con él a la escritura neorrealista, para subirse al árbol de la fábula. Tenía 33 años. Nunca más bajó.

Desde las ramas de un viejo acebo, el mundo cobra nuevas formas y Cosimo empieza a construir su propio laberinto. Se convierte en un vigía ilustrado, obsesionado por acercarse a su comunidad sin resignarse a poner jamás los pies sobre la tierra: "Un solitario al que sólo la gente le importaba". Casi como un ermitaño en París.

Sólo Viola, la hija de los vecinos marqueses de Ondarivia, es capaz de hacerlo trastabillar. Por ella bajaría de los árboles, por ella lo dejaría todo. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir, Cosimo se sincera: "No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas". Y ella, reprimiendo las ganas de subir a besarlo, sella la despedida: "Pues entonces sé tú mismo solo".

Fuera de las iglesias, las cortes, las burocracias, apenas si alcanzan las manos para trepar por cortezas arrasadas. Una vida se abre a golpe de machete y no deja leña para quemar cuando llega el frío. Pero en el bosque la noche espera a los amantes que huyeron de matrimonios por conveniencia. Reserva para ellos el mayor compromiso, el de no traicionarse.

Imborrable: el primer encuentro de Viola y Cosimo.

Ficha
El barón rampante
Italo Calvino
Editorial Siruela
2001
Precio: $52

Para leer:

viernes, 31 de agosto de 2007

Ráfagas de felicidad

Rivera Letelier escribe sobre el desierto, mientras el desierto sigue escribiendo sobre él. Las calles polvorientes de Antofagasta se arremolinan en torno a sus ojos oscuros, el eco de las minas aún resuena en su voz y sus dedos se retuercen como hierros cansados.

En esta videoentrevista, el chileno cuenta cómo pasó "de proletario a propietario" y asegura que "no se extraña la explotación" de los tiempos en que trabajaba en las salinas. Pero además explica por qué la escritura cambió su vida y le permitió adueñarse de su tiempo y sus "ráfagas de felicidad".