jueves, 27 de marzo de 2008

Un descanso

Mis primeros libros los leía subido a los árboles, como Cosimo, sentado en alguna rama, entre la modorra y el olor a pasto seco de las siestas de verano en Ezeiza. En invierno me instalaba en la terraza de mi casa de Flores y el atardecer se me venía encima pasando las hojas de alguna novela de Verne o Salgari.

Con los años, la lectura se trasladó por escritorios, pupitres, mesas de bares. Y los libros reemplazaron a las historietas en la cama, antes de dormir. Más tarde llegaron los transportes públicos, en los que aún sobrevivo cada día. También las veredas, el don de caminar a ciegas, con una historia entre las manos.

Los pisos de parqué del departamento de mi abuela donde devoraba Las mil y una noches. Las baldosas de aquel patio en el que descubrí el humo y En el camino. El techo descascarado de una habitación de hotel que se convirtió para siempre en Cielo protector.

Después de tantos cambios de hábitat, los lectores todo terreno nos merecíamos este descanso con biblioteca.




Via: Visión invisible

viernes, 15 de febrero de 2008

Urania - J. M. G. Le Clézio - Segunda parte

El avión aterrizó con un ruido seco y por primera vez levanté la vista del libro. Cuadros de estepa polvorienta pasaban por la ventanilla como fotogramas frente a un proyector. Antes de bajar llegué a leer que el protagonista de Urania, un geógrafo francés llamado Daniel Sillitoe, llegaba al valle de Tepalcatepec, en México, con el propósito de hacer un mapa de los suelos del lugar.

Pasaron un par de días antes de que pudiera reencontrarme con el libro de Le Clézio. Cuando lo retomé aún no tenía muy claro para dónde iba la historia, lo único que podía decir era que el tipo escribía bien; eso se notaba desde el primer párrafo. Pero hacía falta algo más, siempre hace falta algo más. Y la peripecia de Daniel comenzó a desenvolverse de a poco, avanzando junto al camino de mi propio viaje, a miles de kilómetros de distancia.


Arroyo de Michoacán - El Valle

Urania se sitúa en un tiempo y un espacio más o menos acotables. Sin embargo, la historia tiene un espectro mucho más vasto, que se puede remontar hasta Utopía, de Tomás Moro o vagar con intención por El llano en llamas de Rulfo. Le Clézio es un guía experto para estas geografías. Por eso, todo comienza en un ateneo de influencia helénica y aires jesuitas: El Emporio, dirigido por Don Tomás. Este centro de estudios que convocó a Daniel para trabajar en el análisis de los suelos del Valle va a ser el eje sobre el que gira uno de los grandes polos de la novela: el de la ciudad, con sus hacendados, sus nuevos ricos, sus camionetas 4x4, su música atronadora y sus excluidos, condenados a revolver las montañas de basura. Hasta aquí la parte menos original y donde alguna veces Le Clézio cae en ciertos estereotipos de la mirada europea sobre América latina.

Muy cerca del Valle se encuentra Campos, la patria del "pueblo arco iris", una especie de comuna fundada por antiguos hippies, donde se encuentran desterrados de todas partes del mundo para criar a sus chicos a la luz de las estrellas. Un viejo consejero fue el encargado de diseñar las reglas de ese falansterio donde se habla un idioma tan primario como esencial: el "Elmen". Una lengua hecha de muchas otras, las de los diferentes habitantes de Campos. Una lengua que es la que todos supimos en alguna niñez remota y que luego nos obligamos a olvidar.

Lago de Pátzcuaro - Michoacán
Tal como adelanta Urania, la contaminación producida por los fertilizantes
utilizados en el Valle amenaza con convertir el lago en un inmenso basural.


La pestilencia de la ciudad y sus fábricas de dulces, las internas de los intelectuales en El Emporio, el ejército de "Paracaidistas" sin vivienda ni empleo que los poderosos utilizan para ocupar y devaluar los terrenos en los que luego construirán sus barrios privados, todo contribuye a acelerar la circulación dentro de ese hormiguero que es el Valle y la utopía de Campos no puede sobrevivir. Sin embargo, en la formación y en el modo de resistir y reinventar la comuna, hay algo que la novela tiene para decir y que persiste más allá de los guiños al realismo mágico y de los ejercicios de erudición. Parafraseando a Oscar Wilde, Le Clézio parece advertir una vez más que "todos estamos tirados en la alcantarilla, pero algunos estamos mirando a las estrellas".

viernes, 8 de febrero de 2008

Urania - J. M. G. Le Clézio - Primera parte

Urania es uno de esos libros que saben esperar entre las sombras, al final de una calle adoquinada de supuestas casualidades.

El 20 de octubre, día del cumpleaños de mi hermano, salí del trabajo muy tarde y corrí por las calles de San Telmo hasta estamparme como un moscardón contra la cortina recién bajada de la Librería de Ávila. Eran las 8 en punto de la noche. El encargado me miró y sus ojos pasaron revista a las gotas de transpiración que empezaban a chorrear por mi cara, al otro lado del cuadradito de hierro. Entonces lancé una especie de ruego, algo medio patético del estilo: "Por favor, dejame pasar, necesito comprar un regalo". El tipo abrió la puerta de la reja y después corrió el pasador de la entrada de madera. "¿Sabés lo que vas a comprar? Porque ya me tengo que ir", advirtió mientras yo me lanzaba hacia los primeros estantes de la librería. "Sí, sí", mentí. Al minuto lo tenía detrás mío esperando que le dijera el título que quería. "¿Tenés algo de Queneau?", pregunté dispuesto a sacrificar la tarjeta de crédito, tras recordar que pocos días antes habíamos estando hablando con mi hermano sobre Oulipo.

"¿Quene... qué?", preguntó el vendedor con la desesperación de quien esperaba una facturación rápida de la mano de Pigna, Coelho o algún otro best sellerista cercano a la caja. "No, pibe, de eso no tengo nada". Me di vuelta y miré el salón mientras intentaba recordar al mismo tiempo algún otro autor que le gustara a mi hermano o, en el peor de los casos, la hora a la que cierran los shoppings. Entonces el vendedor volvió a hablar con su voz impaciente. "¿Te gustan los franceses? Recién me llegó esto", dijo y señaló a un costado del mostrador. Envueltos en un plástico transparente esperaban unos 50 ejemplares de Urania. Recordé alguna nota de suplemento literario y ese nombre que resonaba cada año en las listas del Nobel: Le Clézio. Leí la contratapa por falsa dignidad, pero en cuanto lo tuve en la mano ya sabía que lo iba a comprar. Y si a mi hermano no le gustaba, mejor. Pero le gustó.

En alguna de las comilonas familiares de fin de año nos encontramos y él insistió en que era el libro ideal para que me llevara a mis vacaciones por el Sur. El día antes de irme pasé por su casa a buscarlo. Había recuperado el interés, pero ahora tenía una larga fila de competidores: Historia del llanto, de Pauls; Vidas de santos, de Fresán, y un par de clásicos que ya se habían ganado un lugar en mi mochila viajera. Pero Urania, que entró con lo justo en el bolso de mano, los superó a todos.

A poco días de andar vagando por la Patagonia y después de enojarme bastante con la intrascendente novelita de Pauls, por fin llegó el momento. Pero el comienzo tampoco podía ser normal. Empecé Urania a bordo de un desvencijado avión de Aerolíneas Argentinas que intentaba con mucho esfuerzo elevarse sobre el Canal de Beagle. La puerta de la cabina no cerraba y se golpeaba constantemente. A mi lado una azafata ensayaba muecas de salvataje para explicar cómo respirar con una máscara de oxígeno si te caés de 10 mil metros. Por casualidad, mis ojos se fijaron en sus zapatos, azul oscuro con la puntera celeste, los colores de Aerolíneas, "la Argentina que levanta vuelo". Pero había algo raro: uno de los zapatos estaba rajado de lado y la chica hacía malabares para no perderlo. Mientras tanto, al fondo, las dos turbinitas largaban jadeos de final de fiesta y mis oídos empezaban a querer estallar. Nunca le tuve miedo a los aviones, pero siempre le tuve fobia a las empresas. Más si son privatizadas, más si son españolas, más cuando cinco días antes nos habían dejado varados en una sala de embarque de Ezeiza por 24 horas. A mi lado, como quien no quiere la cosa, un turista juntaba las palmas y musitaba alguna plegaria en alemán. Al otro costado, pasillo de por medio, mi mujer se enfrascaba en la lectura de la revista para pasajeros y procuraba no alzar la vista. Era hora de encomendarme a mi dios.

Abrí el bolso de mano y allí estaba el libro de Le Clézio, una vez más, esperando.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Michel Houellebecq en Argentina: "No soy un cínico, soy un romántico"

No llegué a descargar las fotos que Patricio tomó con mi celular, tampoco tengo el audio, ni la desgrabación, aunque una buena parte pueden encontrarla acá. Pero no quería dejar de decir algunas cosas, compartir ciertas sensaciones antes de que se escapen para siempre.

Michel Houellebecq se presentó anoche en la Alianza Francesa y a pesar de que su personaje de provocador full time lo precede como las risas idiotas del auditorio, mostró que todavía puede aportar algunas notas lúcidas a la sinfonía de sordos que nos aturde por estos días.

En primer lugar, recuperó el valor de una mirada sociológica mucho mejor que varios representantes académicos. Habló de los intelectuales que lo atormentan, de esa corriente que a partir de la Revolución Francesa y hasta principios del siglo XIX se dedicó a pensar una sociedad nueva, una humanidad para armar. Iluministas, positivistas y funcionalistas, con sus sueños de progreso que se fundieron al calor Hiroshima todavía tienen algo para decir cuando Houellebecq los hace hablar.

Claro que su evocación estuvo teñida de cierta nostalgia imperialista francesa: Comte, Alexis de Tocqueville, Fourier, los arquitectos del nuevo mundo. Mención aparte para Marx, a quien le dedicó un par de balazos como "se cobró las apuestas hechas por otros" o "la reducción a lo económico no sirve en absoluto". No obstante, dos minutos después no dudó en afirmar que 40 años de historia se explicaban en dos páginas de economía. Contradicciones entre pensador y personaje.

En el final, logró esquivar las preguntas que apuntaban a sus rutinas como escritor, tan usuales en este tipo de presentaciones. Las pocas frases que dedicó al oficio fueron para cuestiones que parecía tener muy resueltas en algún lugar detrás de su angulosa nariz y que revoleó a desgano, mientras sus dedos de ardilla estrangulaban la banda elástica de una Moleskine. Van algunas:

"Los escritores beben por la misma razón que lo hacen los obreros: porque realizan un trabajo de fuerza".

"El arte funciona al revés de la democracia: si uno toma en cuenta la opinión de varias personas el resultado es mediocre".

"No soy un cínico, soy un romántico, pero hay que tener en cuenta lo oscuro".

martes, 20 de noviembre de 2007

La ruta del tentempié

Terry Gilliam, el genial director de películas como Brazil y Doce monos, se cargó al hombro la complicada misión de llevar al cine la novela de Hunter S. Thompson Miedo y asco en Las Vegas. Como en toda adaptación de un libro de culto, tenía poco por ganar, además de los millones que los fanáticos del gonzo dejarían en la taquilla. Sin embargo, la película conserva cierta dignidad y hasta tiene algunas escenas brillantes.

Jhonny Depp es Raoul Duke -alter ego de Thompson- y un sobreactuado Benicio del Toro, interpreta al Dr. Gonzo. Al igual que en el libro, los dos amigos llegan a Las Vegas en 1971 para cubrir una carrera de motos por encargo de la revista Sports Illustrated y una convención de la policía antinarcóticos para Rolling Stone. A modo de acreditación, llevan una valija repleta de todo tipo de drogas en el baúl del auto.

El resultado es un viaje lisérgico y bizarro al fin de una época. En plena guerra de Vietnam el sueño de la contracultura americana estalla en pedazos y dos freaks que nunca se lo creyeron del todo están ahí para atestiguar la caída. La película empieza así...



domingo, 11 de noviembre de 2007

Mescalito - Hunter Thompson

"Dios, las 6:45 y la mescalina ya se ha apoderado seriamente de mí. La carcaza metálica de la máquina de escribir ha virado de un verde opaco a una especie de azul fluorescente, las teclas centellean, rutilantes... Yo más o menos levito de la silla y quedo suspendido -no estoy sentado- frente a la máquina. Un brillo extraordinario lo recubre todo".

Los Ángeles, febrero de 1969. Una habitación de hotel, un avión a punto de partir, el fondo de una lata de cerveza y una cápsula de mescalina y anfetas. Thompson, como siempre, está solo y advierte: "Cualquier reacción será extrema". Después, está la crónica. Apenas un accidente, un resto carbonizado que permite deducir el estallido del volcán. El fuego pasó por allí y arrasó con todo.

Si queremos creer que Thompson es un periodista -el creador del gonzo que algunos descubrieron mal y tarde-, tenemos que empezar por aceptar que jamás vaya en busca de ninguna noticia. Él es la noticia. Siempre lleva una pistola bien cargada y un frasquito con pastas. Siempre está a punto de matar o morir. Ah, sí, entretanto escribe. Y al resto de los mortales nos queda su prosa, como la silueta de un cadáver delineada con tiza sobre el pavimento.

Mescalito es una joya. Tres relatos, poco más de 60 páginas en las que el autor de Miedo y asco en Las Vegas se despacha con un viaje alucinógeno, el suicidio de un poeta amigo y la apasionada relación amorosa de Raoul Duke -alter ego del propio Thompson- con su gato. La traducción es de Juan Forn, tan sutil e inmenso como siempre.

Nadie sabe cómo el tipo que ostentó durante más de treinta años el cargo de editor de Asuntos Nacionales de la revista Rolling Stone llegó a cumplir los 60 para volarse la cabeza una noche cualquiera de febrero del 2005 en su casa de Colorado.

En ese mismo distrito, 35 años antes, estuvo a punto de ganar las elecciones para intendente por el partido Freak Power. Durante la campaña había prometido despenalizar el consumo de drogas, convertir buena parte de la ciudad en parques públicos y prohibir los edificios altos porque no permitían apreciar el paisaje. El resto ya es leyenda.

Ficha
Mescalito
Hunter S. Thompson
Editorial Emecé
2007
Precio: $29

Para leer

sábado, 3 de noviembre de 2007

La música de las palabras

Antes de ser escritor, Paul Bowles fue un gran compositor. Tal vez por eso, su trabajo con las palabras siempre tuvo una impronta musical. Para él estaba muy claro que lo importante no era la anécdota que contaba, sino la capacidad de emocionar a partir de una acertada combinación de tonos.

En la película basada en El cielo protector que filmó Bernardo Bertolucci a principios de los '90, el director eligió cerrar el film con una imagen del propio Bowles leyendo uno de los párrafos más famosos del libro. Como en el último movimiento de una sinfonía, las palabras del protagonista Port Moresby llenan el aire con una melodía que volverá una y otra vez.

"La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena?. Quizá veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado".

En este fragmento del documental The complete outsider, Bowles explica algo de esa obsesión por las palabras.

"Lo que dice la novela no es importante para mí. El tema es cómo está dicho, cómo se unen las palabras, de qué manera se forma una buena oración. Después de todo, no hay nada en la escritura más que palabras. La creación de personajes amigables o fascinantes tramas, no creo que eso funcione. Funciona para el gran público, seguro. Pero no para mí. Yo soy sólo una persona más, pero soy el que escribió estos libros y para mí lo que importa es el lenguaje".



sábado, 27 de octubre de 2007

Días y Viajes - Paul Bowles

Me pregunto por qué me cuesta tanto escribir sobre ciertos autores como Bowles, Bolaño o Walsh. Me respondo lo esperable: me importan demasiado. Y es que para quienes no tenemos otra religión que la literatura, cualquier invocación resulta escasa a la hora de nombrar a ciertas divinidades. Sin embargo, sé que algo de ellos anidó en mí y allí vivirá por siempre, reseñas y falsificaciones al margen.

Un viejo libro de relatos de Paul Bowles me ayudó a cruzar el Atlántico para unir la Isla Tortuga de Salgari, con el Hafa Café marroquí, donde los fumadores de kif se juntaban a intercambiar historias del desierto, de cara al estrecho de Gibraltar. Ese viaje me enseñó a crecer sin miedo, me demostró que si lo deseaba de corazón, las aventuras no se terminarían con la colección Robin Hood.

Desde entonces, he buscado cada una de las páginas del nómade con esa pasión que sólo pueden entender los fetichistas del libro. Pregunté por él en cada feria, en cada librería, en todas las bibliotecas que visité. En los lugares más insólitos logré conseguir sus novelas, las narraciones de viajes, las memorias, las cartas. A lo largo de los '90 casi toda su obra estuvo más o menos accesible en Argentina, pero se perdió pronto y hoy sólo es posible dar con clásicos como El cielo protector o alguna antología de cuentos. Por eso cuando algunas semanas atrás encontré Días y Viajes en el Parque Rivadavia tuve que hacer un esfuerzo para que el vendedor no notara que estaba dispuesto a pagar lo que me pidiera por ese ejemplar ajado de menos de 200 páginas. Como para confirmar que el objeto mágico esperaba también por mí, el precio fue casi simbólico.

Después de tres años, tenía por fin algo nuevo de Bowles para leer, aunque debo confesar que no albergaba grandes esperanzas. El librito parecía uno de esos típicos compilados ideados por algún editor inescrupuloso capaz de publicar hasta una lista del supermercado con tal que lleve la firma de algún escritor de culto. La primera parte, Días, se vende desde la solapa como el "único diario existente de Paul Bowles, que relata su vida entre 1987 y 1989, centrado en Tánger". Ya en el prólogo, el viejo taimado destruye el mito y aclara que el diario fue un pedido de su agente y que él se limitó a hacer "lo que podía" por el proyecto, con el único objetivo de demostrar cómo las horas del día "pueden llenarse de trivialidades".


El resultado incluye retazos de la cotidianeidad de un Bowles que a los 78 años recibe la visita de todos los que están de ida por su vida y su obra. Así pasan por su casa de Tánger Bernardo Bertolucci -que prepara la película basada en El cielo...-, Patricia Highsmith, los Rolling Stones y hordas de periodistas de los principales medios de Europa que acuden en busca de unas palabras del gurú, con el oscuro deseo de que puedan ser las últimas.

La segunda mitad, Viajes, resulta mucho más potente. La prosa de Bowles aparece en su faceta más despojada y jugosa para dar cuenta de teritorios tan reales como inimaginables. París, Fez, Madera, Taprobane y, por supuesto, Marruecos, se desgranan en miles de cristales bajo los ojos de un viajero lisérgico que logra como nadie sintetizar el movimiento externo y el interno llevando al límite las posibilidades de la crónica. Es que Bowles no se apropia del género; lo agota, lo rompe en mil pedazos. Y nos hace desear que el viaje no termine nunca.

Ficha
Días y Viajes
Paul Bowles
Editorial Seix Barral
1993

Para leer

domingo, 14 de octubre de 2007

La biblioteca de Alejandría

El sábado a la mañana un asunto familiar me llevó junto con mi hermano de excursión hasta Ezeiza. Arrancamos temprano y volvimos después del mediodía, con la mirada fija en la vías de ese tren que unió nuestra infancia y hoy sigue atravesando escenarios imposibles.

El ramal Cañuelas del Roca todavía traquetea con los vagones originales de cuando se electrificó el servicio, allá por mediados de los '80. Los asientos naranja se hamacan al ritmo de una cumbia zumbona y los vendedores ambulantes pasan uno tras otro. Pilas, medias, golosinas y una novedad: CDs con compilados que no hace falta probar porque el tipo los lleva sonando a todo volumen en un equipo a pilas colgado del hombro.

Miro por la ventana, nos acercamos a Banfield. Los acordes del último hombre orquesta se alejan hacia el fondo del vagón y los reemplaza la voz de un nuevo vendedor que anuncia con ganas "Julio Verne, Cortázar, Borges". Mi hermano me mira. "Bucay, Coelho, libros de autoayuda, de medicina, de matemática, enciclopedias". Levanto la cabeza esperando encontrar un viejo vendedor de literatura de cordel. "Más de mil libros para leer en la PC", aclara entonces la voz y el brazo agita un CD por sobre las cabezas de los pasajeros. Cuando por fin se acerca, mi hermano ya tiene un billete de $5 en la mano. Pero el librero digital y ambulante sabe que su oficio no es como el del vendedor de medias. Por eso, antes de entregarnos la fuente de la sabiduría nos regala una explicación acerca de cómo la cultura está ahora "al alcance de la mano".

El CD, que incluye software pirata como corresponde, trae 2.500 ebooks de toda índole. Los nombres se mezclan en una ensalada imperdible regida apenas por el (des)orden alfabético: 16 libros de Ambrose Bierce conviven con las Crónicas de Narnia, América de Kaflka se cruza con toda la saga de Harry Potter, Vigilar y castigar aguarda tras los Nueve libros de la Historia de Heródoto.

Cuando bajé en Constitución me descubrí guardando el disco en la mochila y acariciando las tapas ajadas de los poemas de Paul Bowles que suelo llevar como talismán de viaje. Por los altoparlantes de la estación un grito de lata hablaba de un servicio interrumpido.

viernes, 5 de octubre de 2007

Placeres prohibidos

Unicef puso en marcha una campaña para promocionar la lectura entre los adolescentes. Más allá de la efectividad o no del recurso y de las sospechas que despierta el biblio-marketing en cualquiera de sus formatos, la idea es original. La agencia europea que diseñó los afiches eligió alejarse de las moralinas del tipo "dejá el paco, volvé con tu novia", tan habituales a la hora de evangelizar juventudes, y apostó por el deseo.


"Si leer estuviera prohibido, ¿estarías tentado de probar?", arriesga el eslogan. Mirá y tentate.



Vía: capitulodos